Ahí está el
infante negro, prácticamente encaramado sobre la cabeza de su difunta madre tendida boca arriba en un claro de la exuberante selva circundante; y los dos espectadores, probablemente científicos por sus blancos delantales, lo observan desde fuera de la escena, arrellanados en sus butacas.
Y el niño mete su manita dentro de la boca del cadáver, y los
científicos determinan: es un acto instintivo de penetración, del deseo
de poseer a su propia madre.
Pero el desenlace de la escena es inequívoco: dentro de la boca de la madre hay agua pura, la única a la que el
infante puede acceder dada su corta edad.
El niño sólo deseaba calmar su sed extrema.
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